
Era yo todavía joven e inexperto cuando leí por vez primera aquel relato de William O. Douglas. Recuerdo que lo encontré en el comedor de las visitas, un comedor que sólo se abría en ocasiones especiales. Aquella no lo era, pero a pesar de eso decidí aventurarme en él con la intención de conseguir alguna lectura. Me dirigí hacia el pequeño mueble biblioteca, y entre los volúmenes del Reader’s Digest que coleccionaban mis padres encontré un número especial titulado
Aventuras de la vida real. El subtítulo rezaba:
Antología de relatos emocionantes. No recuerdo si llegué a leer el título, pero hoy se me antoja que tan sugestiva presentación rendiría la voluntad de cualquier muchacho a punto de alcanzar la pubertad. Quizá aquél día me limité a hojear el libro, deteniendo mi mirada por azar en la primera página de aquella historia.
Aún recuerdo las intensas sensaciones que el relato me producía a medida que avanzaba en su lectura. Podría decirse que más que leer devoraba la páginas con enorme excitación. William Douglas, quien más tarde se convertiría en magistrado de la Corte Suprema de Estados Unidos, contaba su temprana ascensión al monte Kloochman, en el valle de Tieton. Él y un amigo, dos inexpertos jóvenes de quince y diecinueve años, emprendieron la ascensión a la cumbre de aquella montaña, arriesgando la vida de la forma más inconsciente y estúpida. La moraleja del cuento no me quedó demasiado clara, algo relacionado con el miedo a la muerte, con el valor. Aunque la mejor lección que puede extraerse del relato es la importancia de una buena formación y preparación para salir a la montaña, lo que realmente quedó grabado en mi juvenil imaginación fue la peripecia, la tensión del hombre enfrentando situaciones extremas, los gritos de júbilo al alcanzar la cumbre, el espectáculo del atardecer.
No sé si mi pasión por la montaña se debe de alguna manera a aquél relato, pero lo que sí puedo decir es que lo recuerdo de forma muy especial entre las innumerables lecturas de aquella época. Quizá el poso que dejó en mí haya formado parte de mis propias ascensiones, de esa mezcolanza irracional de sensaciones que me invade al escalar montañas, al enfrentarme a la verticalidad, al vértigo que produce encontrarse prendido entre la tierra y el cielo.
Esta tarde mi hija no se encontraba demasiado bien y la he llevado al médico. Por si se alargaba la espera he tomado un libro. Lo he elegido al azar, entre los libros de una bolsa de plástico preparada para un traslado de la biblioteca. Se trataba, precisamente, de Aventuras de la vida real. Me ha sorprendido su olor a viejo, el color amarillento de sus hojas, lo anticuado de las ilustraciones. Pero el dibujo que representa a los dos muchachos escalando ha despertado un eco misterioso en mí, algo muy familiar, aunque muy lejano. No he podido menos que volver a leer, tantos años después, la aventura de Douglas y de su compañero. El médico ha dicho que no era nada serio, que no necesitaba tomar antibiótico. Al llegar a casa he buscado en Internet “douglas kloochman tieton”. No había muchos resultados. A estas alturas no hay demasiada gente que se ocupe del monte Kloochman, y menos todavía de William Douglas. Aunque sí hay una fundación en su honor, una fundación cuyo website podéis visitar en http://www.williamodouglastrail.org/ . En la biografía que allí aparece se menciona esta aventura iniciática:: William O. Douglas experienced an adventure in the Goat Rocks-Tieton River Basin during his early years that had a profound impact on him. In the summer of 1913, he made a memorable climb of Kloochman Rock”... Una ascensión que para mí ya es toda una leyenda.