jueves 2 de julio de 2009

No importa el desaliento


Una cosa bella es un goce eterno, su alegría perdura y no puede morir. Gracias a eso, cada mañana tejemos una guirnalda de flores que nos ata a la tierra, no importa el desaliento, ni la ausencia inhumana de seres que tengan nobles almas, ni los días nublados, ni los caminos oscuros... (Paráfrasis de los primeros versos del poema de John Keats: Endymion, 1817)

Son éstos versos transformados por mi memoria, tanto tiempo ha transcurrido desde mi adolescencia, cuando leía apasionadamente a Keats, versos citados sin cotejo, seguramente inexactos, suavizados por el recitado de mi mente, su susurro, en esas, tantas, mañanas de desaliento en que pese a todo me siento vivo, contemplando la increíble hermosura de la naturaleza que me encadena a la tierra. No importa el desaliento.


La imagen es de mi autoría, sellada con agua con el nombre de mi nuevo espacio web, naturalezaypoesia.es

jueves 4 de junio de 2009

La tormenta


Esa pasión por la tormenta, contemplar la niebla con ánimo agitado, cargado de preguntas, la absoluta soledad ante el paisaje, buscar, adentrarse en si mismo.

Hablo de esa intensidad que confiere sentido a la vida, que es tal vez, junto al amor, la única certeza.

La imagen representa el cuadro de Caspar David Friedrich titulado El caminante sobre el mar de nubes. Friedrich es considerado el principal representante de la pintura alemana del Romanticismo. Es una imagen de dominio público (más detalles en http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Caspar_David_Friedrich_032.jpg, de donde la he tomado)

lunes 17 de noviembre de 2008

Hojas de hierba


La hierba más pequeña muestra que la muerte no existe.

Walt Whitman

De Whitman me gusta su pasión por la vida, por el ser humano, su afirmación de que todos, de alguna manera, formamos parte de una misma cosa, su certeza de que la muerte no existe. Algo que encaja bien con mi cada día mayor sensación panteísta. De él tengo recuerdos vagos de mis lecturas adolescentes. En mi memoria hay versos: “qué es esa gota en el viento que dice al mar soy el mar”, que, sin estar seguro, le atribuyo. Versos que desde hace unas semanas me vienen de continuo al pensamiento, y que hablan de mí mismo, una pequeña gota del inmenso océano. Y sobre todo me gusta ese discurso sobre una pequeña hoja de hierba, en el que acaba diciendo que todo se mueve hacia delante y hacia fuera, y que la muerte es algo más feliz de lo que pensamos porque nada se destruye.

Imagen de dominio público, tomada de http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Walt_Whitman_edit_2.jpg

domingo 9 de noviembre de 2008

Virgina Wolf y las redes sociales


Porque decía Virgina Wolf que después de almorzar con los amigos quedamos unidos a ellos por un hilo invisible, un hilo que se va alargando a medida que recorremos las calles, cruzándose, imagino, en cada encuentro, en cada esquina, dibujando una enorme tela que une a las personas, tejiendo una red social de nodos y de aristas, un grafo que dibuja nuestro mundo, que hace un poco más pequeña nuestra soledad, nuestra aldea, que puede ser Londres, o Manhattan, Oceanía quizá, el mundo entero. Hilos, redes, enlaces. Una forma de salir del laberinto. ¿Quién ha dicho que Intenet nos encierra?


Imagen
Imagen de dominio público, tomada de http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Roger_Fry_-_Virginia_Woolf.jpg

Texto
La alusión a Virginia Wolf se refiere a un pasaje de la novela Mrs Dalloway, en el que Lady Bruton imagina, mientras se va quedando dormida, a sus amigos que han quedado unidos a ella, tras almorzar juntos, por un fino hilo de araña que se va adelgazando a medida que avanzan por las calles de Londres.

lunes 17 de marzo de 2008

Pequeños mundos


HAY BLOGS QUE TE INVITAN A SU CASA


Hay blogs que son como cuadernos de deseos,
de esperanzas, de días que se abren.
Hay blogs que son tímidos, callados,
dolorosos,
que arrastran en sus letras un dolor lejano.

Otros son como caminos,
como buscar sin tregua.
Los hay como una pregunta que no acaba.
Los blogs se parecen tanto a nuestras almas,
a conversaciones en los portales de antes,
en las escaleras de los cines. A veces, también,
a los abrazos.

Hay blogs apasionados, puertas entreabiertas,
gritos: la alegría sencilla de estar vivo.
Casi siempre refugios, aventura:
ese dar y retener de la vida,
ese ofrecerse y pedir y decirte que pases.
Hay blogs que te invitan a su casa,
te dan la bienvenida
y hablan contigo como si te conocieran desde siempre.

Reconozco en cada uno algo de mí,
mis ansias de viajar,las estaciones que cambian,
los pájaros que nacen de mis manos.
Ahora, en el Sur, será casi otoño.
Pero en mi sitio la primavera está brotando.
Poco importa. Lo que importa es el cambio,
la sucesión, que es la misma,
lo que dice el anhelo,
las palabras que borran la distancia.
Eso tan humano que nos ayuda a vivir,
compartir.
Como abrir una puerta
y sentirte en casa.


Texto de Javier Gutiérrez Palacio
Pintura "Pequeños mundos", de Carlos Pardos: http://carlospardos.awardspace.com/

domingo 16 de marzo de 2008

Botella al mar


Pero en esta botella navegante,
sólo pondré mis versos en desorden
en la espera confiada de que un día
llegue a una playa cándida y salobre
y un niño la descubra y la destape
y en lugar de estos versos halle flores
y alertas y corales y baladas
Y piedritas del mar y caracoles
El mar es un azar
Que tentación echar una botella al mar.

Mario Benedetti

(la imagen corresponde a una botella encontrada en los Monegros, llena de arena, con efectos multicolores)

miércoles 27 de febrero de 2008

Un ramito de brezo

La otra tarde me decidí por fin a fotografiar esta ilustración de un viejo libro de Francesca Greenoak sobre flores silvestres. LLevaba días pensando en hacerlo y en escribir un post sobre la foto de esta anciana que nos muestra su ramito de brezo, con su cesta como de caperucita en el suelo, con el chal y el tocado y con una expresión que ya difícilmente se encuentra en las personas. Montse dice que es como su abuela Luisa. A mí me hace pensar en un mundo sencillo, mucho más sencillo que el que nos ha tocado vivir. Me hace pensar que hay otra forma de mirar al mundo, de relacionarse con la gente, con las cosas.

Hoy he pasado el día fotografiando campanillas de invierno, subiendo y bajando por barranqueras y pastos, por bosques de hayas, tirándome en el suelo con la cámara en la mano. Continuamente venían a mi memoria las palabras de Thoreau: no fuera a ser que me llegara la muerte y me diera cuenta de que no había vivido. Ahora estoy con el ordenador, escribiendo y pensando en todo esto, contemplando la foto de la abuela Luisa (se ha quedado ya con ese nombre). Hay una forma de vivir más sencilla, más limpia, más cercana a las cosas. Me pregunto si una vida así todavía es posible. Yo tampoco quiero que la muerte me encuentre sin haber sabido vivir. Sin haber respondido, al menos, esa pregunta.

jueves 14 de febrero de 2008

El cuaderno de deseos del barón rampante


El Barón Cosimo Piovasco, tras una discusión con su padre, se subió a una encina del bosque de Umbrosa No bajaré nunca más, dijo. Y mantuvo su palabra. Cósimo se enamoró de una muchachita que vio sobre el columpio, el primer día que pasó en el árbol: Sofonisba Viola Violante de Ondariva. Tiempo después Cósimo instituyó la República de Arbórea, y colgó un cuaderno de una rama para que todos pudieran escribir sus quejas.

Cósimo pensó que aunque era un «cuaderno de quejas» no estaba bien que fuera tan triste, y se le ocurrió la idea de pedir a cada uno que escribiese la cosa que más le habría agradado. Y de nuevo cada uno iba para decir la suya, esta vez todo para bien: unos hablaban de la hogaza, otros del potaje; unos querían una rubia, otros dos morenas; a uno le habría gustado dormir todo el día, a otro ir a buscar setas todo el año; uno quería una carroza con cuatro caballos, otro se contentaba con una cabra; uno habría deseado volver a ver a su madre muerta, otro encontrarse con los dioses del Olimpo: en suma, todo cuanto hay de bueno en el mundo era escrito en el cuaderno, o, a veces, dibujado, porque muchos no sabían escribir, o incluso pintado a colores. También Cósimo escribió algo: un nombre: Viola. El nombre que desde hacía años escribía por todas partes.

Italo Calvino, El barón rampante

miércoles 13 de febrero de 2008

El retorno a la naturaleza de Thoreau

"Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido, a orillas de la laguna de Walden en Concord (Massachusetts), y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos. En ella viví dos años y dos meses. (...) Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales, y no sucediera que estando próximo a morir, descubriese que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera la vida. ¡es tan hermoso el vivir!" (Henry David Thoreau, Walden, La Vida en los Bosques)
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Thoreau representa el retorno del hombre a la naturaleza. También es conocido por conceptualizar la desobediencia civil, influyendo en Tolstoi, Ghandi y Martin Luther King. Puedes ver http://es.wikipedia.org/wiki/Henry_David_Thoreau
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Nota: Imagen retocada (ligero filtro de desenfoque)

sábado 19 de enero de 2008

Primeros versos del Masnavi, de Rumi

Escucha la flauta de caña y la historia que cuenta,
cómo canta acerca de la separación.


(http://es.wikipedia.org/wiki/Yalal_ad-Din_Muhammad_Rumi )

jueves 10 de enero de 2008

Tránsito: exposición de fotopoemas. Parte II: Invierno

Exposición de fotopoemas Tránsito. Parte II: Invierno.
10 Enero a 10 febrero 2008. Bar Saudade de Zaragoza
(Avda. Almozara, 42)


Aquella tarde de invierno contemplaba el Tozal reflejado en el agua, como si fuera un dibujo cambiante a capricho de los movimientos del río. Un soplo de aire vino a borrar la escena. Me quedé pensativo. No pude sino pensar en la montaña que permacecía majestuosa ante mí, en el agua a mis pies, en el bosque. Sólo el reflejo había desaparecido. Pensé que la existencia individual, la de los seres humanos también, es algo parecido a un reflejo destinado a borrarse. Pensé en los innumerables reflejos de la misma montaña en el transcurrir del tiempo. Tan parecidos todos, pero tan distintos. Podría volver mil veces a fotografiar esa escena y cada foto sería diferente. Así, pensé en la tarde fría, deben ser nuestras vidas.

Entre otros fotopoemas míos, podéis contemplar aquella foto a gran tamaño si pasáis estos días por el bar Saudade. Bajo la foto se puede leer este poema:

La montaña se refleja en el agua.
Un soplo de aire la borra.
Miro la escena y quedo pensativo

martes 4 de diciembre de 2007

Tránsito. Exposición de fotopoemas. Javier Gutiérrez Palacio

Bar Saudade de Zaragoza(Avda. Almozara, 42). 7-12-2007 a 5-2-2008

Para mí los fotopoemas son fotografías y poemas intentando hablar de una misma cosa. Son dos formas de expresar una sensación, una emoción, generalmente producida por la contemplación de la naturaleza. Mis fotopoemas hablan de las emociones que la naturaleza me proporciona, muchas veces en secreto, otras en la intimidad de una compañía deseada.

Cuando observo mis propios fotopoemas me reconozco a mí mismo. Diría, casi, que al mirar mis fotos o leer mis textos descubro algo más sobre mí, sobre mi forma de mirar el mundo. Algo que oscuramente conocía, pero que es revelado por el fotopoema. Me comprendo. Me aprendo. Aprendo a convivir conmigo mismo y a quererme un poco. Aprendo a mirarme en el espejo sin ponerme mala cara.

Estos fotopoemas que expongo (exponer es exponerse) hablan, como siempre, de caminos, del tránsito de la vida a la muerte, de un vago panteísmo que me invade al respirar y sentir la calma. Hablan, también, de la continuidad de todas las cosas. De la pasión enorme de estar vivo, de esa intensidad sin límite que puede descubrirse en los ojos de los otros, que confirman la vida.

He posteado en mi blog de fotopoemas la imagen y texto que dan título a la exposición . Os invito a que le echéis un vistazo.Y si tenéis un rato que paséis por el Saudade.

:)

sábado 10 de noviembre de 2007

Tras las huellas de William O. Douglas

Era yo todavía joven e inexperto cuando leí por vez primera aquel relato de William O. Douglas. Recuerdo que lo encontré en el comedor de las visitas, un comedor que sólo se abría en ocasiones especiales. Aquella no lo era, pero a pesar de eso decidí aventurarme en él con la intención de conseguir alguna lectura. Me dirigí hacia el pequeño mueble biblioteca, y entre los volúmenes del Reader’s Digest que coleccionaban mis padres encontré un número especial titulado Aventuras de la vida real. El subtítulo rezaba: Antología de relatos emocionantes. No recuerdo si llegué a leer el título, pero hoy se me antoja que tan sugestiva presentación rendiría la voluntad de cualquier muchacho a punto de alcanzar la pubertad. Quizá aquél día me limité a hojear el libro, deteniendo mi mirada por azar en la primera página de aquella historia.

Aún recuerdo las intensas sensaciones que el relato me producía a medida que avanzaba en su lectura. Podría decirse que más que leer devoraba la páginas con enorme excitación. William Douglas, quien más tarde se convertiría en magistrado de la Corte Suprema de Estados Unidos, contaba su temprana ascensión al monte Kloochman, en el valle de Tieton. Él y un amigo, dos inexpertos jóvenes de quince y diecinueve años, emprendieron la ascensión a la cumbre de aquella montaña, arriesgando la vida de la forma más inconsciente y estúpida. La moraleja del cuento no me quedó demasiado clara, algo relacionado con el miedo a la muerte, con el valor. Aunque la mejor lección que puede extraerse del relato es la importancia de una buena formación y preparación para salir a la montaña, lo que realmente quedó grabado en mi juvenil imaginación fue la peripecia, la tensión del hombre enfrentando situaciones extremas, los gritos de júbilo al alcanzar la cumbre, el espectáculo del atardecer.

No sé si mi pasión por la montaña se debe de alguna manera a aquél relato, pero lo que sí puedo decir es que lo recuerdo de forma muy especial entre las innumerables lecturas de aquella época. Quizá el poso que dejó en mí haya formado parte de mis propias ascensiones, de esa mezcolanza irracional de sensaciones que me invade al escalar montañas, al enfrentarme a la verticalidad, al vértigo que produce encontrarse prendido entre la tierra y el cielo.

Esta tarde mi hija no se encontraba demasiado bien y la he llevado al médico. Por si se alargaba la espera he tomado un libro. Lo he elegido al azar, entre los libros de una bolsa de plástico preparada para un traslado de la biblioteca. Se trataba, precisamente, de Aventuras de la vida real. Me ha sorprendido su olor a viejo, el color amarillento de sus hojas, lo anticuado de las ilustraciones. Pero el dibujo que representa a los dos muchachos escalando ha despertado un eco misterioso en mí, algo muy familiar, aunque muy lejano. No he podido menos que volver a leer, tantos años después, la aventura de Douglas y de su compañero. El médico ha dicho que no era nada serio, que no necesitaba tomar antibiótico. Al llegar a casa he buscado en Internet “douglas kloochman tieton”. No había muchos resultados. A estas alturas no hay demasiada gente que se ocupe del monte Kloochman, y menos todavía de William Douglas. Aunque sí hay una fundación en su honor, una fundación cuyo website podéis visitar en http://www.williamodouglastrail.org/ . En la biografía que allí aparece se menciona esta aventura iniciática:: William O. Douglas experienced an adventure in the Goat Rocks-Tieton River Basin during his early years that had a profound impact on him. In the summer of 1913, he made a memorable climb of Kloochman Rock”... Una ascensión que para mí ya es toda una leyenda.