jueves, 14 de febrero de 2008

El cuaderno de deseos del barón rampante


El Barón Cosimo Piovasco, tras una discusión con su padre, se subió a una encina del bosque de Umbrosa No bajaré nunca más, dijo. Y mantuvo su palabra. Cósimo se enamoró de una muchachita que vio sobre el columpio, el primer día que pasó en el árbol: Sofonisba Viola Violante de Ondariva. Tiempo después Cósimo instituyó la República de Arbórea, y colgó un cuaderno de una rama para que todos pudieran escribir sus quejas.

Cósimo pensó que aunque era un «cuaderno de quejas» no estaba bien que fuera tan triste, y se le ocurrió la idea de pedir a cada uno que escribiese la cosa que más le habría agradado. Y de nuevo cada uno iba para decir la suya, esta vez todo para bien: unos hablaban de la hogaza, otros del potaje; unos querían una rubia, otros dos morenas; a uno le habría gustado dormir todo el día, a otro ir a buscar setas todo el año; uno quería una carroza con cuatro caballos, otro se contentaba con una cabra; uno habría deseado volver a ver a su madre muerta, otro encontrarse con los dioses del Olimpo: en suma, todo cuanto hay de bueno en el mundo era escrito en el cuaderno, o, a veces, dibujado, porque muchos no sabían escribir, o incluso pintado a colores. También Cósimo escribió algo: un nombre: Viola. El nombre que desde hacía años escribía por todas partes.

Italo Calvino, El barón rampante

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